
La Iglesia Basílica de Santa Engracia, situada en la ciudad de Zaragoza, es habitualmente mencionada a propósito de su cripta, que recientemente fue noticia tras el descubrimiento que permitió datar al primitivo templo que se haya en este emplazamiento en el siglo IV.
Sin embargo, hay mucho para conocer de este monumento más allá de su cripta. Su historia y su magnífica arquitectura son dos aspectos apasionantes de este templo que embellece a la ciudad, y que cualquier visita a Zaragoza no debería dejar de incluir en su itinerario.
Los orígenes de esta iglesia se remontan, como decíamos, a principios del siglo IV. Comenzó siendo una pequeña capilla del culto cristiano en la que se adoraban los restos de Santa Engracia, que dio nombre al templo actual, y de otros mártires de Zaragoza.
Durante los años del período visigodo, el edificio permaneció funcionando como una iglesia, pero ya en los tiempos de la dominación islámica se convirtió en el corazón de un barrio mozárabe.
Ya en la segunda mitad del siglo XV, Juan II de Aragón tuvo intención de construir un monasterio en honor de Santa Engracia, y las obras no comenzaron sino hasta el reinado de Fernando el Católico. De este monasterio casi no quedan rastros en la actualidad, ya que fue demolido durante los Sitios de Zaragoza, pero podemos apreciar todavía la portada renacentista de la iglesia.
Esta portada, tallada en alabastro entre los años 1512 y 1515, fue comenzada por Gil Morlanes El Viejo y concluida por su sucesor, Gil Morlanes El Joven, al edificarse el templo nuevo a fines del siglo XIX.
Guarda una clara forma de retablo y está adornada con medallones y esculturas que ilustran a diversos santos y personajes bíblicos, así como personajes destacados del culto católico, entre ellos los padres de la Iglesia Occidental y los Reyes Católicos, que promovieron la edificación del templo.
Foto Vía: El cronista